viernes, 19 de agosto de 2011

Promoción de la lectura



La idea de este espacio es reflexionar sobre la promoción de la lectura en contextos comunitarios a partir de un recorrido posible por la Literatura Infantil y Juvenil latinoamericana.

La capacitación tiene un formato de taller. En todos los encuentros se realizan actividades de promoción de la lectura y también se trabaja sobre material teórico específico, profundizando sobre algunos autores. Al mismo tiempo, se reflexiona sobre el rol de mediador de lectura, el diseño de un taller, la selección de libros, entre otras cuestiones relacionadas con la lectura y se brindarán herramientas concretas para la implementación de actividades y proyectos de promoción de la lectura en diversos contextos (escuela, centros comunitarios, bibliotecas, comedores, hogares, etc.)

Se trabajará la planificación y el diseño de propuestas individuales y grupales y al finalizar la capacitación se armará un banco de propuestas para socializar entre los participantes. Se entregan certificados de asistencia.
El arancel es de $ 150 por mes.

La duración del seminario es de 4 meses, los días martes de 19 a 21.30 hs, en La Vereda Asociación Civil, Sarmiento 2946 (entre Boulogne Sur Mer y Ecuador).

Informes e inscripción:

Daniela Azulay: azulaydan@yahoo.com.ar
Mara Tomaino: mara2004@fibertel.com.ar

miércoles, 22 de junio de 2011

¿Qué leen los autores? Gustavo Ferreyra / Escritor


Creo que los mejores libros son aquellos que tenemos como únicos cuando los terminamos y que luego, con el tiempo, son capaces de devorar a otros libros únicos y andar en nuestros recuerdos unos preñados de otros. Así, para mí, Rojo y negro de Stendhal va preñado de La educación sentimental de Flaubert, el Ulises de Joyce va preñado con El sonido y la furia de Faulkner, Viaje al fin de la noche de Celine con Trópico de capricornio de H.Miller, Los demonios de Dostoievsky con Los siete locos de Arlt, con La náusea de Sartre y con Una cuestión personal de Oé, Jakob Von Guten de Walser con El Castillo, En busca del tiempo perdido con Lolita , Extraños en un tren con A sangre fría , Así habló Zaratustra con Ficciones, Los miserables con Las uvas de la ira, La muerte de Ivan Illich con toda la obra de Tolstoi, porque hay grandes autores que se devoran a si mismos. Y finalmente el Quijote , que va preñado con todos ellos. Como verán, al fin también las obras devoran a los autores y me vi en la posibilidad de ya no nombrar a estos últimos.
Estos son libros que amo demasiado y que no sé si volvería a leer porque justamente les temo y tal vez volvería a ellos con la idea del beneficio. Nada me repele más que la idea de retornar a esas páginas para, en la relectura más atenta a las habilidades del constructor, sacar provecho. Prefiero que anden como sonámbulos oscuros y embarazados, algo perdidos en mis calles. En el fondo, quizá, no los releo para que esos libros sean por fin uno mismo. Como lector, creo, quisiera ser esos libros.
En cuanto a los libros que volvería a escribir, supongo que todos. Hace unos meses, en ocasión de una crítica aparecida en otro portal sobre mi última novela, Dóberman, Guillermo Belcore, persona que no conozco, dijo que se notaba que yo era feliz escribiendo. Me sentí descubierto y casi emocionado. Ese comentario tocaba algo recóndito y secreto. Soy tan feliz escribiendo que esto incluye, sin ofensas, ese pequeño sufrimiento por lo que puede no venir, por lo que se puede perder de mí y que no va a estar en el texto. En fin. De todos modos, viví más intensamente me parece la escritura de El desamparo, de Piquito de oro y de las dos últimas, inéditas todavía: La familia y Piquito.
Actualmente leo un volumen de Losada que incluye dos obras de teatro de Sartre: Las moscas y Nekrasov, esta última una suerte de comedia bastante llamativa (en la medida en que Sartre puede escribir comedia) y tengo en la pila Un hombre llamado lobo, de Oliverio Coelho.



Biografía del autor


Gustavo Alejandro Ferreyra nació en Buenos Aires en 1963. Licenciado en Sociología , es profesor en la Universidad de Buenos Aires y del nivel medio para adultos.
Recibió los premios de Del Castillo Editores de 1986 en el Concurso Nacional del Cuento por "Una historia" y el Premio Emecé de Novela , edición 2010, por Dóberman, con fallo unánime del jurado integrado por Tununa Mercado, Fabián Casas y Martín Kohan.
Ha publicado El amparo (1994), El perdón (1997), El desamparo (1999), Gineceo (2001), Vértice (2004), El Director (2005), Piquito de oro (2009) y Dóberman (2010).

Es colaborador en diversos medios periodístcos de Argentina ( Revista Ñ, El cronista cultural y El ojo mocho) y de España ( Revista Lateral).

viernes, 15 de abril de 2011

¿Qué leen los autores? Guillermo Saavedra / Escritor y editor


¿Qué leen los autores? Guillermo Saavedra / Escritor y editor

¿Quién no ha sido alguna vez enfrentado a la amable exigencia de elegir los diez mejores libros, filmes, cuadros, óperas o goles de la historia? En tales casos, siempre me he preguntado por qué diez y no siete o, mejor aún, trece y, de ese modo, evitar la tentación del decálogo y sostener la ilusión de que uno está más cerca de la cábala que del canon. Imagino, pues, que tal libertad me es concedida y postulo, con alegre y salvaje arbitrariedad, mi propia lista de trece libros que, por diversas razones, hoy pondría por encima del resto, sin resignar el derecho a modificarla el mes que viene, o el año próximo, según el tiempo y las circunstancias vayan moldeando mi apetito:

1. Ante todo, el Quijote, a cuyo universo único, lleno de imaginación, gracia y profunda piedad por sus personajes mi padre me acercó cuando yo era un niño, insinuándome, un poco en broma pero no del todo, que un lejano parentesco nos unía al formidable autor de la primera y más moderna de las novelas modernas.
2. Las Soledades de Góngora, un planeta sonoro y rítmico que me permitió descubrir la riqueza, la musicalidad y el misterio de la lengua española.
3. La Divina Comedia, monumento poético, estético e ideológico irrepetible, culminación del dolce stil nuovo italiano y prueba de que la poesía puede proponerse construcciones ambiciosas y de gran aliento.
4. En busca del tiempo perdido, esa gran expedición por la terra incognita de la percepción y la memoria.
5. La Trilogía de Beckett –Molloy, Malone muere y El innombrable–, seguramente un non plus ultra de la escritura y una de las expresiones más reveladoras de la crisis del sujeto durante el siglo veinte.
6. Ficciones, desde ya, compendio de genialidad arbitraria y sabiduría erosiva donde brilla el mejor Borges.
7. El astillero, de Juan Carlos Onetti, sin dudas la máxima expresión del mundo propio, y al mismo tiempo inequívocamente rioplatense, del gran maestro uruguayo.
8. Pedro Páramo, de Juan Rulfo, un limbo en el que muertos y vivos dirimen los conflictos de una comunidad mítica y a la vez perfectamente verosímil.
9. Los Ensayos de Montaigne, fundadores del género al que incluso dan nombre, suerte de teatro de la subjetividad convertida en ley y en piedra de toque de la intuición.
10. Rey Lear de Shakespeare, quizá otro ejemplo radical de lo que puede hacer la más alta poesía dramática en su afán de dibujar la dolorosa aventura del sinsentido de la existencia.
11. Así habló Zaratustra de Friedrich Nietzsche, cabal demostración de que la filosofía puede ser una experiencia renovadora del pensamiento sin renunciar a la belleza literaria.
12. El ruido y la furia de William Faulkner, la más shakespeareana y sinfónica manifestación del genio del narrador estadounidense.
13. Las Mil y una noches, quizá el libro de los libros, maravillosa caja china de relatos que perfectamente podría encabezar esta lista.

Desde luego, esos libros me marcaron como persona, como lector y, sin dudas, como futuro escritor. Y, si se me pemitiera ser aún más exhaustivo en este sentido, agregaría, traspasando ya los límites de toda discreción posible: en poesía, Trilce de César Vallejo, Altazor de Vicente Huidobro, En la masmédula de Oliverio Girondo, los Sonnets of Desolation de Gerard Manley Hopkins, la Poesía reunida de Wallace Stevens, La tierra baldía de T. S. Eliot, el Cuaderno del bosque de pinos de Francis Ponge, los sonetos de Petrarca, de Garcilaso y de Quevedo, el Martín Fierro, la poesía heteronómica de Fernando Pessoa y, entre muchos otros, Las flores del mal de Charles Baudelaire. En el ámbito del ensayo, los Ensayos críticos de Roland Barthes, Mímesis de Erich Auerbach, El espejo y la lámpara, de M. H. Abrams, La cabeza de Goliat de Martínez Estrada y el Facundo de D. F. Sarmiento. En narrativa, los Cuentos de Chejov, Los Papeles de Pickwick de Dickens, Bouvard y Pécuchet de Flaubert, La cartuja de Parma de Stendhal, Las armas secretas de Cortázar, La pasión según GH y varios de los cuentos de Clarice Lispector y, también entre muchos otros libros, el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal. En teatro, la lista sería aún más frondosa, e incluiría tragedias clásicas como Edipo Rey y Antígona de Sófocles, las comedias de Aristófanes y de Plauto, Hamlet y La tempestad de Shakespeare, El avaro de Molière, Leonce y Lena de Büchner, Peer Gynt de Ibsen, Tío Vania de Chejov y Krapp o la última cinta magnética de Beckett.

En las imaginarias antípodas del gusto, la memoria no puede dejar de recordar, siquiera vagamente, aquellos libros que han merecido nuestra condena. Me pregunto si vale la pena sostener activo ese infierno libresco en el disco duro de nuestra conciencia. Quizá convenga relegarlos al olvido y, sólo a modo de consigna general, exponer los criterios que nos llevan, por un principio de higiene mental, a evitar volver a ciertos libros. En mi caso, me niego a releer aquellos títulos que subestiman al lector, los que creen que la literatura o, en un sentido más amplio, la escritura, pasa por los temas, los argumentos y las ideas al uso y no por una relación de compromiso con el lenguaje y con la forma. Los que intentan seducir con demagogia, golpes bajos o el recurso a lo que supuestamente está de moda o es considerado política y estéticamente correcto.

Ahora bien, cuando evoco la época en que leí por primera vez muchos de aquellos bueno libros de los que hablaba al comienzo, me asalta la vaga nostalgia de un privilegio que he perdido hace mucho: el poder entregarme despreocupadamente a la lectura de un solo libro por vez. Desde hace años, la lectura es para mí una actividad múltiple y simultáneamente diversificada, una suerte de adulterio o poligamia forzosa que me lleva a convivir al mismo tiempo con libros que debo frecuentar por motivos de trabajo y con otros que leo y releo por puro placer. En estos días, sin ir más lejos, comparten mi mesa de luz, por motivos profesionales, las memorables Lecciones de literatura rusa de Vladimir Nabokov, recientemente reeditadas; Todo es silencio, una muy interesante novela del español Manuel Rivas; y El crepúsculo de un ídolo, la controvertida revisión de la vida y la obra de Freud a cargo de Michel Onfray. Y, por puro placer, los Cuentos completos de Katherine Ann Porter, auténtica maestra del género a quien debía una relectura; Imágenes de una novela, volumen que reúne algunas piezas teatrales de Luis Cano, uno de los dramaturgos argentinos más inteligentes y originales de la actualidad; Contraluz, una novela sustanciosa, genial y de largo aliento, como es habitual en él, de Thomas Pynchon, a la que sólo ahora puedo ir hincándole el diente; y una reedición de Sudeste de Haroldo Conti, el más reciente libro que he comprado, para releerlo y regalarlo a alguien que quiero mucho, y compartir con esa persona el placer de haber leído una de las grandes novelas argentinas.

Leer es una forma particular, virtual, de escribir, en nuestra conciencia, los libros que otros soñaron, como el intérprete que, al ejecutar una partitura, confiere auténtica existencia a la música concebida por el compositor y que, hasta ese momento, se encontraba en una suerte de estado de latencia. Lo que llamamos escribir tal vez no sea otra cosa que el reverso de esa experiencia. Escribimos, quizá, para instalar en el mundo aquellas historias, versos, ideas y ritmos que no encontramos ya escritos en ningún libro ya existente. Y, de ese modo, ampliamos el círculo que algunos llaman tradición y yo prefiero, aquí, por un momento, imaginar como una conversación a través de los siglos.
Por eso mismo, creo que no volvería a reescribir un texto mío. Uno continúa escribiendo nuevos libros precisamente por esa suerte de efecto de fuga hacia adelante que supone siempre la escritura. O, como suele decir César Aira, “para corregir los errores cometidos en los libros anteriores”. Me gustaría, eso sí, volver a sentir la plenitud, la mezcla de convicción y vértigo que me envolvía, o me acompañaba, mientras escribía El velador.

Biografía del autor


Guillermo Saavedra (Buenos Aires, 1960) es un poeta, editor y crítico de extensa y reconocida trayectoria.
Se ha desempeñado como editor responsable en la casas Aguilar-Altea-Taurus-Alfaguara, Manantial, Tusquets, Atril y Losada. Y, como periodista cultural, ha sido uno de los directores de la recordada revista Babel, editor de los suplementos culturales de La Razón, Clarín y La Nación, director de las publicaciones del Teatro Colón y corresponsal del suplemento cultural de El País de Montevideo,
Ha publicado los libros de poesía Caracol (1989), Alrededor de una jaula. Tentativas sobre Cage (1995), El velador (1998), La voz inútil (2003) y Del tomate (2010), los libros de poesía para niños Pancitas argentinas (2000) y Cenicienta no escarmienta (2003), una recopilación de algunas de sus entrevistas con narradores argentinos: La curiosidad impertinente (1993) y numerosas antologías, entre las que se destacan: Cuentos de historia argentina (1998), Cuentos escogidos de Andrés Rivera (2000), La pena del aire (poemas de Ricardo H. Molinari, 2000) y El placer rebelde (antología de la obra narrativa de Luisa Valenzuela, 2003). Su poesía ha sido traducida al alemán, inglés, portugués e italiano e integra numerosas antologías publicadas en la Argentina y el extranjero. Ha recibido, entre otras distinciones, la beca de la John Simon Memorial Guggenheim Foundation en el rubro poesía.
Fondo de Cultura Económica publicó recientemente La casa encontrada, poesía reunida de Roberto Raschella, con prólogo de Guillermo Saavedra.
Actualmente, se desempeña como director de publicaciones del Complejo Teatral de Buenos Aires y es el director de la revista de cultura Las ranas.

domingo, 6 de febrero de 2011

Nuestras reseñas



Pinamar

Hernan Vanoli

(Interzona, 2010)

138 pags.


Vamos a la playa

Finalmente llegaron las vacaciones; tiempo para descansar, despejarse y reagrupar fuerzas ante un nuevo año que se nos abalanza. ¿Que mejor para estas ligeras jornadas de ocio que una buena literatura de playa? Claro, no a todos les llegaron las vacaciones, algunos deben quedarse y seguir transitando día a día el asfalto incandescente de la capital en la hora pico de sol con 40 grados de sensación térmica solo para llegar a su cubículo, entonces ¿que mejor también para estas abrumadoras peregrinaciones urbanas que una escueta dosis de literatura con un titulo sugerente? Hurgando un poquito, de entre las nuevas editoriales pequeñas de autores contemporáneos hallé una novela ideal tanto como para amenizar bajo una sombrilla como para comparecer en el subterráneo: Pinamar (Interzona, 2010).

Esta ultima novela de Hernán Vanoli es un relato fragmentado (al mejor estilo “El museo de la revolución” de Kohan) en primera persona, que transcurre en dos ámbitos paralelos, el presente del protagonista por un lado y la redacción –en un tiempo anterior- de un diario que este le escribe a su hermano en España, por otro. Ambos planos tienen un punto de contacto, la mirada sectaria, antipopular, prejuiciosa y alienada del protagonista que oficia de joven exponente de clase media alta porteña, en una clave entre irónica y burlesca de un autor que raya por su lucidez.

En Pinamar hay de todo; acción, estilo, intensidad, y sexo, inscrito en el realismo vertiginoso de lo que se denomina “nueva narrativa Argentina”. El estilo es ágil, directo, conciso, a veces apresurado, con escasos adornos lingüísticos y casi sin adjetivos. La temática de corte sociológica monta un eje político que se inserta en el contexto de la crisis del 2001 con elementos futuristas (hechos recientes) y giros argumentales inesperados que rozan lo bizarro cuando no impactan violentamente en la incomodidad sutil unas veces o en el liso y llano bochorno en otras. Pero nunca mejor, cumple su función ineludible y lo hace con singular altura: entretiene como pocas.

Antes de concluir, hay dos elementos para destacar que nada opacan el nervio de la obra pero vale la pena mencionar. Uno de tipo argumental, la lectura del “Argentinazo” (o sea un posicionamiento del relato) desde el análisis que se le puede hacer una década después, y si bien es lo que tiene de sustancioso (y actual) en el realismo en el que se inscribe, también es lo que tiene de inverosímil. Y el segundo, completamente subjetivo –mejor dicho, aun más completamente subjetivo-, es que el componente fantástico que aflora hacia el desenlace (como en “La transformación de Rosendo” de Ricardo Strafacce, con mismo transfondo) corre pura y exclusivamente en función de la picardía y del oficio de entretener; elude en este caso –intencionalmente creo- el desenlace como manifestación superadora. Pinamar es la síntesis de los que reinventan el concepto de “literatura de playa” o este verano entre la pelota, la paleta, el bronceador, los molinetes, las combinaciones y las escaleras están para otra cosa.

Manuel J. Pintos

lunes, 6 de diciembre de 2010

Nuestras reseñas


NOSOTROS DECIMOS NO: CRONICAS (1963-1988)

Eduardo Galeano

Siglo XXI, 2010

397 Pág.

Las venas abiertas de America Latina” tuvo una gran repercusión poco tiempo atrás, en la pasada Cumbre de Las Américas, cuando con pícara deferencia el presidente de Venezuela le obsequió un ejemplar a Obama. Como si acaso la historia, en algún giro misterioso, se propusiera saldar deudas con el autor por los amargos años de exilio que le costaron escribirlo. Pero ¿Por que recomendar un libro de Galeano? Y si bien no sería viable limitar todo a una cuestión de gusto personal y muchas premisas también se diluirían ante la acertada idea de que a una cita obligada siempre se puede faltar, entonces quedaría insistir ponderando la trayectoria del hombre detrás de la obra, pero no como acusando al argumento irrefutable, sino en este caso ya tal vez emprendiendo un breve homenaje.

No es común que un historiador que escribe en prosa pueda ser adscrito a una poética, o de seguro tan solo en “un escritor con la obsesión de la memoria”, la literatura y la historia andan juntas el camino de la palabra. Pero si el oficio de escritor permite una licencia abundante para la creación y sus tiempos son dilatados, creo que en su labor como periodista –donde impera la inmediatez- el mito se inflama. Galeano se inició temprano, en los años 60, en un semanario llamado “La Marcha”. El golpe de estado en Uruguay lo obliga a partir, e impulsado siempre por esa “peligrosa y maravillosa pasión de libertad” cruza el charquito para fundar en nuestro suelo una revista inusitada: “Artes y letras en los tiempos de Crisis”. Crisis fue un fanal de reflexión donde se desafío sin tapujos bastantes más cosas que las concepciones gráficas de lo debía ser una revista cultural. Revestida de apellidos de grueso calibre como: Gelman, Sabát, Benedetti y Romero Brést entre otros, Crisis -en palabras de Galeano-“hizo por primera vez cultura popular, recogió las voces de los locos, de los niños, de los obreros, de los gauchos y de los indios”, sentando precedentes para una cultura popular plural y genuina. Pero esa experiencia quedó trunca por la persecución militar que finalmente lo conmina al exilio español.

Francamente quedan pocos, testimonios flagrantes de esa época, que habiendo vivido con “la certidumbre de que vale la pena morir por las cosas sin las cuales no vale la pena seguir viviendo”, hoy están acá y sus plumas no se aggiornan, sino al contrario, trazan páginas vivas. Volúmenes que “no se proponen enterrar a sus muertos, sino perpetuarlos”. Que siguen allanando el camino con la alegría de su voz, donde quiera que los oprimidos yerren el rumbo por el que soplan los vientos de un mundo nuevo: “Tenemos la alegría de nuestros errores, tropezones que prueban la pasión por andar y el amor al camino; y tenemos la alegría de nuestras derrotas, porque en la lucha por la justicia y la belleza vale la pena también cuando se pierde. Y, sobre todo, tenemos la alegría de nuestras esperanzas”.

Para ir culminando, baste al lector cauto con elegir un libro de él, cualquiera, y poder comprobar personalmente lo antedicho. En este caso se trata de la reciente reimpresión de: “Nosotros decimos no: crónicas 1963-1988” (Siglo XXI, 2010). Una antología generosa, editada por primera vez en 1989, que recopila trabajos de más de dos décadas entre ensayos, discursos y algunas entrevistas para tener presentes. Las temáticas que abordan uss crónicas cubren un amplio espectro de la problemática social de esos días, aunque por su gravitación en la historia política de Latinoamérica muchas de ellas no dejan de estar candentes en los nuestros. Veinte años de una voz que supo conjugar el fervor juvenil y su entusiasmo, con la responsabilidad madura del compromiso para afirmar y reafirmar a los negados del mundo. Ahora más que entonces, sin que inquiete mucho la mirada adusta de nuestros tiempos desencantados, cabrá seguir parafraseándolo: ¿Seria bella la belleza si no fuera justa? ¿Sería justa la justicia si no fuera bella? Galeano dice no, y lo más significativo de todo es y será sin dudas la persistencia del plural.


Manuel J. Pintos

Boutique del libro Unicenter

lunes, 8 de noviembre de 2010

¿Qué leen los autores? Valentín Trujillo / Periodista y escritor


Elegir diez libros para mi biblioteca ideal es una difícil decisión pero por el corazón, elegiría los siguientes: Meridiano de Sangre de Cormac MvCarthy; Moby Dick de Herman Melville; La vorágine de José Eustacio Rivera; Tierra y tiempo de Juan José Morosoli; Destino: la morgue de James Ellroy; Mientras escribo de Stephen King; Desciende Moisés de William Faulkner; Ulysses de James Joyce; La conquista de México de Hugh Thomas y Judíos, moros y cristianos de Camilo José Cela.

Muchos de éstos libros marcaron mi trayectoria como escritor, pero también mil otros más. Hay un librito de Hemingway, Un verano peligroso, que cuenta el duelo entre los toreros Ordóñez y Dominguín en el verano de 1959 en España, que considero fundamental. También leer muy chico Crónicas marcianas, de Ray Bradbury regalo de mi viejo en la librería Papacito de Punta del Este.

Actualmente estoy leyendo una especie de híbrido entre la autobiografía, la ficción, el ensayo y la crónica periodística. Se llama Historia de un escritor y su autor es el genial Gay Talese. Además, sobre mi movediza mesa de luz se superponen Mitologías de Roland Barthes, una biografía ficcionada de Giuseppe Garibladi y Sonetos a Orfeo de Rainer María Rilke. Y leer (y releer) textos de Tom Wolfe que me tiraron de cabeza hacia el mundo del periodismo.
El último libro que me compré fue La conquista divina de Michoacán de Jean-Marie Le Clezió. Me lo compré en la tienda del Palacio Nacional de Ciudad de México, hace una semana. Le Clezió viajó por buena parte del mundo, desde los desiertos africanos a las selvas panameñas, pero parece que quedó fascinado por ésta leyenda de esa región de México.
No volvería a leer lo que ya he leído de Mario Benedetti, por ejemplo.
El único libro que publiqué a la fecha es la colección de seis cuentos Jaula de costillas. Cada tanto, por deporte, lo releo y quisiera hacerle mil cambios a distintas partes de las historias. Pero, por suerte o no, ya quedaron fijados en la página.


Biografía del Autor

Valentín Trujillo nació en Maldonado, República Oriental del Uruguay, en 1979.
Por su libro de cuentos Jaula de costillas (Banda Oriental, 2007) ganó el Gran Premio del XIV Premio Nacional de Narrativa, Narradores de la Banda Oriental, 2006. Fundó y codirigió con Damián González Bertolino la revista Iscariote (2003-2007). Es profesor de Idioma Español y de Literatura. Ha cursado también estudios de periodismo en la Universidad Católica de Montevideo, así como de cine en la Escuela de Cine del Uruguay. Ha trabajado en una librería, en un vivero, en una estación de servicio y en un aeropuerto. Desde 2005 se desempeña como periodista del diario El Observador, de Montevideo, destacándose especialmente en la redacción de crónicas. Actualmente está trabajando en una novela de larga extensión ambientada en el siglo XIX. Alterna su residencia entre Montevideo y Punta del Este.
En abril de 2010 presentó su libro en la charla “Encuentro a dos orillas” en la Boutique del libro de San Isidro.

"Un realismo sólido y tradicional en el mejor sentido posible de la expresión" (Rómulo Cosse)

jueves, 14 de octubre de 2010

Nuestras reseñas

Contra el cambio

Martín Caparrós

Anagrama, 2010.

278 pags.


Pareciera no haber respiro. No bien se agotaba una amenaza y empezábamos a acostumbrarnos al alivio moral por la unificación global en un sistema único -digo fin del mundo fríamente disputado al borde del la inhumación nuclear- que todos juntos, ni lerdos ni perezosos, ya estamos nuevamente amenazados al borde de otro colapso inminente. No el Y2k, uno casi tan complejo: el cambio climático.

Exuberantes montos de dólares invierten las grandes potencias a través de proyectos en señal de preocupación, organismos internacionales movilizan sus solidarias huestes, celebridades de todos los fustes donan sumas de sensibilidad y un micro universo de Oenegés surgió para que con su aporte este mundo esté un poco menos mal, o no tan peor. Siempre hablando en términos del clima, claro, no tanto en los del hambre y la pobreza. De lo que podemos estar definitivamente seguros es de una cosa, nadie quiere el cambio.

"Contra el cambio" (Anagrama, 2010) sugiere una mirada que lleva sello de autor, casi en desuso; provocadoramente honesta por costumbre; enemiga de las medias tintas y ajena a lo "ecológicamente" correcto. Un raíd periodístico hacia los confines del impacto climático en busca de algo más que un testimonio periodístico, tal vez una confidencia. ¿Quienes son los que se benefician en todo esto? Dando por sentado que las suposiciones son ciertas, los hay.

Entre reflexiones cernidas en una lente política e histórica, Caparrós arroja luz a una cierta verdad, ni categórica ni absoluta, tan solo posible. Como quien no descarta la sospecha de que junto a la carbonífera huella de la humanidad, detrás de lo que podría ser una tendencia climática natural -aunque todavía usemos el potencial para establecer certezas científicas de este tipo- el vuelco manifiesto hacia lo ecológico impulsado por los gobiernos y las variopintas compañías que se enriquecen en desmedro de ella, difícilmente no abrigue bajo buenas intenciones el mismo espíritu motor de beneficio por el cual se rigen, es decir el que nos trajo hasta acá. Sea mantener obstaculizado el desarrollo industrial de países emergentes o subdesarrollados (como futuras fuentes de recursos limpios), sea especular un cambio en el modelo energético solo en pos de alterar ciertas relaciones geopolíticas o amasar fortunas en el mercado de bonos de carbón; no hablamos precisamente de daños colaterales.

¿Llegó finalmente el día en que la ecología se convirtió en la forma más prestigiosa de conservadurismo? Sin embargo dentro de la óptica ecológica presente "el tinte de insatisfacción por el estado actual de las cosas -capitalismo despiadado, grandes corporaciones- es tan ligero que puede ser compartido hasta por los capitalistas despiadados y las grandes corporaciones", "una causa tan unificadora que puede ser enarbolada por una joven nigeriana que cocina a leña (...) tanto como por la Banca Morgan", afirma el autor.

El panorama a largo plazo luce un tanto nebuloso. En los términos en los que se bosqueja hoy el progreso de la humanidad el futuro es un convidado de piedra, el establishment pintado de verde rejuvenece su imagen con flamante epíteto exonerador: ecológico, mientras los jóvenes - eternos agente de cambio- pueden sentir por medio de las ONGs, que hacen algo por el mundo y al mismo tiempo por sí mismos, aunque más no sea "poner curitas en la hemorragia femoral". Es decir, incluso en la pelea por que nada cambie, y todo siga como está, hay que hacer cambios. Por lo menos cambiar la tendencia natural de las cosas a cambiar.

Manuel J. Pintos
Unicenter
 
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