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martes, 27 de marzo de 2012

¿Qué leen los autores? Alejandro Manara / Escritor

A los quince años descubrí a Borges y de la mano de él surgió mi interés por los clásicos. Cuando terminé el secundario me fui a Londres y durante varios años fui lector diurno y salía a descubrir el mundo por la noche. Lamento que sea una obviedad tener que admitir mi deslumbramiento, con diferente intensidad, ante Tolstoy, Turguenev, Chejov, Hemingway, Kerouac, Faulkner, S. Fitzgerald, Joyce y Proust. Como además estudiaba letras hispanoamericanas, volví al Quijote y también conocí a los grandes críticos como Auerbach, Praz, Norbert Elias, Steiner y Barthes, pero fue la poesía de los modernistas norte-americanos, Stevens, Williams, Cummings y Pound que me impulsó a la escritura y por culpa de Pound terminé más de un año en Tokio.

Los viajes me acercaron a los diarios y a las memorias de escritores: recordando a Borges me acerqué a Boswell, pero al Journal of the Grand Tour, después a Casanova y el Viaje a Italia de Goethe. Proust me presentó las Mémoires de Saint-Simon. En Milán descubrí  los diversos textos autobiográficos de Stendhal, donde prima su apasionamiento por Italia: los prefiero a sus novelas. Cuando circulaba por Lejano Oriente le encontré sentido a Ways of Escape y A Sort of Life de Graham Greene. Mas recientemente transité: The Japan Journals: 1947–2004 de Donald Richie y los diarios de Robert Musil.

Es curioso porque en el fondo siento que mis intereses no han cambiado mucho, sino lo que puede haber cambiado es el ángulo desde donde miro las obras que adoro. Por una novela que escribía recientemente releí episodios de batallas de Guerra y Paz para entender el alma de un hombre sometido a los disgustos de un conflicto bélico.

De la misma forma que uno se puede hacer amigos nuevos después de los 40s, también aparecen textos cautivantes: The sea de John Banville, la trilogía de Agota Kristof. The Last Samurai de Helen DeWitt, los ensayos sobre escribir biografía de Richard Holmes,
y luego The Fly-Truffler de Gustav Sobin y The Lady and the Monk de Pico Iyer.

Para la isla desierta llevaría Austerlitz de Sebald, el capítulo de la biblioteca del Ulises de Joyce, el capítulo de Madame du Chastel de Mimesis de Auerbach, los Diarios de Kafka, Le temps retrouvé de Proust, Quer pasticciaccio di via Merulana de C.E. Gadda, el Journal de Stendhal, El libro de la almohada de Sei Shonagon, Il Gattopardo de Tomasi di Lampedusa, Everything That Rises Must Converge de Flannery O'Connor, cuentos de I.B. Singer, Tales of the Hasidim de Martin Buber, Curso de Literatura Europea de Nabokov, cuentos de Isaac Babel y de Damon Runyon y Madame Bovary de Flaubert.



Biblioteca portátil

Humo, Primer Amor y Suelo Virgen de Turgueniev
En la carretera de Kerouac
Los mejores cuentos de F. Scott Fitzgerald
Dublineses y Ulises de James Joyce

Mimesis de Erich Auerbach
Después de Babel y Extraterritorial de George Steiner

Personae de Ezra Pound
Antología bilingüe de William Carlos Williams
Poemas de E.E.Cummings

Vida de Samuel Johnson de James Boswell
Viaje a Italia de J.W. Goethe
Una especie de vida y Vías de escape de Graham Greene

El mar de John Banville
Claus y Lucas de Agota Kristof
El séptimo samurai de Helen Dewitt

El zafarrancho aquel de Via Merulana de Carlo Emilio Gadda
Cuentos completos de Flannery O'Connor
Un amigo de Kafka y otros relatos y Cuentos de Isaac Bashevis Singer
Cuentos Hasídicos de Martin Buber
Caballería Roja de Isaac Babel



Biografía

Nació en Buenos Aires. Cursó estudios literarios en el King’s College, de la Universidad de Londres en donde obtuvo una licenciatura (1976). Entre 1978 y 1984, vivió en Tokio, Barcelona, Palma de Mallorca, Milán y Paris. En París lo contrató un banco que lo mandó a Buenos Aires, pero a los 22 meses abandonó para abrir Cook & Bardelli, un bistró de comida casera, cuando Buenos Aires era casi un páramo gastronómico. En aquella época colaboró con el Cronista Cultural. En 1993 ingresó al Literature Program de Duke University, que Fredric Jameson dirigía. Su tesis doctoral se ocupa de los relatos autobiográficos de los cubanos norteamericanos. En Duke enseñó una variedad de cursos de literatura y cine. Desde 2001, otra vez en Buenos Aires, da clases de literatura para extranjeros en la U. de Belgrano y en la U. T. Di Tella y se dedica a escribir ficción y traducir del inglés y del italiano, entre otros, los ensayos de Leonardo Sciascia  dedicados a Stendhal y la correspondencia de R.L. Stevenson y Henry James y la de Svevo con Joyce. Es el autor de Pasión de Fondo (Mondadori, Buenos Aires, 2006) Bebiendo Tristes, Bailando Graves  (Juan Pablos Editor, México, 1998) y Tigre Hotel (Planeta, Buenos Aires, 1993).

martes, 24 de enero de 2012

¿Qué leen los autores? Ricardo Coler / Escritor y periodista


 
La biblioteca ideal de la que siempre hablamos es la biblioteca de pared, el mueble, la que es imposible tranportar. Mi biblioteca ideal es el libro electrónico, mucho menos exigente a la hora de reclamar espacio y de hacerme elegir. Es una biblioteca fea pero amable.   Igual no soy amante del papel, ni idealizo la encuadernación, ni me deleito mirando el lomo de  un libro. Me interesa el contenido y me incomoda no tener dónde poner libros nuevos. El libro electrónico me permite hacer algo que me gusta: leer varios al mismo tiempo. Cuando me canso de uno paso al otro. Puedo hacerlo sin tener que consultar a un ortopedista para que me alivie el dolor de espalda por llevar en una mochila cinco o seis kilos de libros. 
De todas maneras, estos son los libros a los que vuelvo cada tanto y que de alguna forma hoy, solo por hoy, influyen en mi manera de ver:
Posiciones femeninas del ser  de Eric Laurent. Es una maravilla, nadie como Laurent en tan pocas páginas da cuenta de ese título. Es complicado pero se puede leer con ayuda, alguien que entienda y permita descifrarlo.
El ser y el acontecimiento de Alain Badiou. Entiendo que Badiou  es el filósofo contemporáneo que a la manera de los clásicos, cambió la manera de pensar. Su filosofía se mueve en cuatro ámbitos, el amor, la política, el arte y la ciencia.
Como ser buenos de Hornby. Una novela sencilla con una idea diferente y muy potente. Es genial lo que hace con la bondad, uno de los ideales más turbios de nuestra época. 
Ficciones de Borges, no hace falta dar demasiadas explicaciones.
Treinta treinta. Me gusta la manera de narrar de Dalmiro Saenz, me gustó siempre. 
La señorita Porcel de Esther Cross. Es una novela corta que narra el asesinato de una mujer insoportable a manos de  otra mujer insoportable. La trama es atrapante pero además nos permite asomarnos a un mundo reservado para pocos. 

Hoy terminé “Los años que vive un gato” de Violeta Gorodischer. Es una novela buenísima. De lo mejor. Es emocionante, está bien escrita, se lee de un tirón. Por suerte no es puro sentimiento, hay que ser una escritora como Violeta para poder escribirla. Voy por la mitad del Peronismo II  de Feinmann. Un autor que propone lo siguiente: si queres que te cuente qué pienso me tenés que aguantar como soy. Si no te gusta escribí vos el libro.  
De Los divinos detalles de Jacques Alain Miller, me falta un  capítulo.
Por último los cuentos de Goyen, un escritor americano olvidado y hoy por suerte de nuevo entre nosostros.

Hay algunos libros que recuerdo como importantes  y que prefiero no volver a leer para no perder esa ilusión. Me quedo con esa sensación que me ayuda más que si los releo y dejan de parecerme tan geniales.  
Patagonia de Chatwin es un buen libro. Justo ahora tengo conmigo Movimiento perpetuo, me encanta la escena en la que Monterroso cuenta como su personaje que se acaba de divorciar y está lo más contento,   después  de tomar algo con unos amigos vuelve a su casa y se emociona de manera desproporcionada leyendo Los Hermanos Karamazov.

Todos los libros tienen un período de placer y otro de sufrimiento.  Un momento de creación espontanea y otro de disciplina. Eterna juventud fue un libro que escribí conmovido.

El último libro que me compre fue Ford County  de Grisham. Para leerlo no hay que tener prejuicios, El autor es un escritor de best sellers, de libros super exitosos pero malísimos que logra en algunos de estos cuentos un nivel excelente. Para mi que se equivocó.




Biografía del autor 


Ricardo Coler nació en Buenos Aires en 1956. Es médico, fotógrafo y periodista. Sus notas, fotografías y ensayos sobre sus experiencias con sociedades matriarcales, poliándricas y poligámicas han sido publicadas en diversos medios argentinos y del exterior. Es fundador y director de la revista cultural La mujer de mi vida. Publicó El reino de las mujeres (2005) con gran éxito de ventas, Ser una diosa (2006), Eterna Juventud (2008) y Felicidad Obligatoria (2010). Sus libros han sido editados en Uruguay, Chile, Brasil, Perú, Estado Unido, México, Portugal, España, Alemania, Austria, Suiza y Turquía. En Alemania, El reino de las mujeres figuró varias semanas en la lista de bestsellers.

miércoles, 22 de junio de 2011

¿Qué leen los autores? Gustavo Ferreyra / Escritor


Creo que los mejores libros son aquellos que tenemos como únicos cuando los terminamos y que luego, con el tiempo, son capaces de devorar a otros libros únicos y andar en nuestros recuerdos unos preñados de otros. Así, para mí, Rojo y negro de Stendhal va preñado de La educación sentimental de Flaubert, el Ulises de Joyce va preñado con El sonido y la furia de Faulkner, Viaje al fin de la noche de Celine con Trópico de capricornio de H.Miller, Los demonios de Dostoievsky con Los siete locos de Arlt, con La náusea de Sartre y con Una cuestión personal de Oé, Jakob Von Guten de Walser con El Castillo, En busca del tiempo perdido con Lolita , Extraños en un tren con A sangre fría , Así habló Zaratustra con Ficciones, Los miserables con Las uvas de la ira, La muerte de Ivan Illich con toda la obra de Tolstoi, porque hay grandes autores que se devoran a si mismos. Y finalmente el Quijote , que va preñado con todos ellos. Como verán, al fin también las obras devoran a los autores y me vi en la posibilidad de ya no nombrar a estos últimos.
Estos son libros que amo demasiado y que no sé si volvería a leer porque justamente les temo y tal vez volvería a ellos con la idea del beneficio. Nada me repele más que la idea de retornar a esas páginas para, en la relectura más atenta a las habilidades del constructor, sacar provecho. Prefiero que anden como sonámbulos oscuros y embarazados, algo perdidos en mis calles. En el fondo, quizá, no los releo para que esos libros sean por fin uno mismo. Como lector, creo, quisiera ser esos libros.
En cuanto a los libros que volvería a escribir, supongo que todos. Hace unos meses, en ocasión de una crítica aparecida en otro portal sobre mi última novela, Dóberman, Guillermo Belcore, persona que no conozco, dijo que se notaba que yo era feliz escribiendo. Me sentí descubierto y casi emocionado. Ese comentario tocaba algo recóndito y secreto. Soy tan feliz escribiendo que esto incluye, sin ofensas, ese pequeño sufrimiento por lo que puede no venir, por lo que se puede perder de mí y que no va a estar en el texto. En fin. De todos modos, viví más intensamente me parece la escritura de El desamparo, de Piquito de oro y de las dos últimas, inéditas todavía: La familia y Piquito.
Actualmente leo un volumen de Losada que incluye dos obras de teatro de Sartre: Las moscas y Nekrasov, esta última una suerte de comedia bastante llamativa (en la medida en que Sartre puede escribir comedia) y tengo en la pila Un hombre llamado lobo, de Oliverio Coelho.



Biografía del autor


Gustavo Alejandro Ferreyra nació en Buenos Aires en 1963. Licenciado en Sociología , es profesor en la Universidad de Buenos Aires y del nivel medio para adultos.
Recibió los premios de Del Castillo Editores de 1986 en el Concurso Nacional del Cuento por "Una historia" y el Premio Emecé de Novela , edición 2010, por Dóberman, con fallo unánime del jurado integrado por Tununa Mercado, Fabián Casas y Martín Kohan.
Ha publicado El amparo (1994), El perdón (1997), El desamparo (1999), Gineceo (2001), Vértice (2004), El Director (2005), Piquito de oro (2009) y Dóberman (2010).

Es colaborador en diversos medios periodístcos de Argentina ( Revista Ñ, El cronista cultural y El ojo mocho) y de España ( Revista Lateral).

viernes, 15 de abril de 2011

¿Qué leen los autores? Guillermo Saavedra / Escritor y editor


¿Qué leen los autores? Guillermo Saavedra / Escritor y editor

¿Quién no ha sido alguna vez enfrentado a la amable exigencia de elegir los diez mejores libros, filmes, cuadros, óperas o goles de la historia? En tales casos, siempre me he preguntado por qué diez y no siete o, mejor aún, trece y, de ese modo, evitar la tentación del decálogo y sostener la ilusión de que uno está más cerca de la cábala que del canon. Imagino, pues, que tal libertad me es concedida y postulo, con alegre y salvaje arbitrariedad, mi propia lista de trece libros que, por diversas razones, hoy pondría por encima del resto, sin resignar el derecho a modificarla el mes que viene, o el año próximo, según el tiempo y las circunstancias vayan moldeando mi apetito:

1. Ante todo, el Quijote, a cuyo universo único, lleno de imaginación, gracia y profunda piedad por sus personajes mi padre me acercó cuando yo era un niño, insinuándome, un poco en broma pero no del todo, que un lejano parentesco nos unía al formidable autor de la primera y más moderna de las novelas modernas.
2. Las Soledades de Góngora, un planeta sonoro y rítmico que me permitió descubrir la riqueza, la musicalidad y el misterio de la lengua española.
3. La Divina Comedia, monumento poético, estético e ideológico irrepetible, culminación del dolce stil nuovo italiano y prueba de que la poesía puede proponerse construcciones ambiciosas y de gran aliento.
4. En busca del tiempo perdido, esa gran expedición por la terra incognita de la percepción y la memoria.
5. La Trilogía de Beckett –Molloy, Malone muere y El innombrable–, seguramente un non plus ultra de la escritura y una de las expresiones más reveladoras de la crisis del sujeto durante el siglo veinte.
6. Ficciones, desde ya, compendio de genialidad arbitraria y sabiduría erosiva donde brilla el mejor Borges.
7. El astillero, de Juan Carlos Onetti, sin dudas la máxima expresión del mundo propio, y al mismo tiempo inequívocamente rioplatense, del gran maestro uruguayo.
8. Pedro Páramo, de Juan Rulfo, un limbo en el que muertos y vivos dirimen los conflictos de una comunidad mítica y a la vez perfectamente verosímil.
9. Los Ensayos de Montaigne, fundadores del género al que incluso dan nombre, suerte de teatro de la subjetividad convertida en ley y en piedra de toque de la intuición.
10. Rey Lear de Shakespeare, quizá otro ejemplo radical de lo que puede hacer la más alta poesía dramática en su afán de dibujar la dolorosa aventura del sinsentido de la existencia.
11. Así habló Zaratustra de Friedrich Nietzsche, cabal demostración de que la filosofía puede ser una experiencia renovadora del pensamiento sin renunciar a la belleza literaria.
12. El ruido y la furia de William Faulkner, la más shakespeareana y sinfónica manifestación del genio del narrador estadounidense.
13. Las Mil y una noches, quizá el libro de los libros, maravillosa caja china de relatos que perfectamente podría encabezar esta lista.

Desde luego, esos libros me marcaron como persona, como lector y, sin dudas, como futuro escritor. Y, si se me pemitiera ser aún más exhaustivo en este sentido, agregaría, traspasando ya los límites de toda discreción posible: en poesía, Trilce de César Vallejo, Altazor de Vicente Huidobro, En la masmédula de Oliverio Girondo, los Sonnets of Desolation de Gerard Manley Hopkins, la Poesía reunida de Wallace Stevens, La tierra baldía de T. S. Eliot, el Cuaderno del bosque de pinos de Francis Ponge, los sonetos de Petrarca, de Garcilaso y de Quevedo, el Martín Fierro, la poesía heteronómica de Fernando Pessoa y, entre muchos otros, Las flores del mal de Charles Baudelaire. En el ámbito del ensayo, los Ensayos críticos de Roland Barthes, Mímesis de Erich Auerbach, El espejo y la lámpara, de M. H. Abrams, La cabeza de Goliat de Martínez Estrada y el Facundo de D. F. Sarmiento. En narrativa, los Cuentos de Chejov, Los Papeles de Pickwick de Dickens, Bouvard y Pécuchet de Flaubert, La cartuja de Parma de Stendhal, Las armas secretas de Cortázar, La pasión según GH y varios de los cuentos de Clarice Lispector y, también entre muchos otros libros, el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal. En teatro, la lista sería aún más frondosa, e incluiría tragedias clásicas como Edipo Rey y Antígona de Sófocles, las comedias de Aristófanes y de Plauto, Hamlet y La tempestad de Shakespeare, El avaro de Molière, Leonce y Lena de Büchner, Peer Gynt de Ibsen, Tío Vania de Chejov y Krapp o la última cinta magnética de Beckett.

En las imaginarias antípodas del gusto, la memoria no puede dejar de recordar, siquiera vagamente, aquellos libros que han merecido nuestra condena. Me pregunto si vale la pena sostener activo ese infierno libresco en el disco duro de nuestra conciencia. Quizá convenga relegarlos al olvido y, sólo a modo de consigna general, exponer los criterios que nos llevan, por un principio de higiene mental, a evitar volver a ciertos libros. En mi caso, me niego a releer aquellos títulos que subestiman al lector, los que creen que la literatura o, en un sentido más amplio, la escritura, pasa por los temas, los argumentos y las ideas al uso y no por una relación de compromiso con el lenguaje y con la forma. Los que intentan seducir con demagogia, golpes bajos o el recurso a lo que supuestamente está de moda o es considerado política y estéticamente correcto.

Ahora bien, cuando evoco la época en que leí por primera vez muchos de aquellos bueno libros de los que hablaba al comienzo, me asalta la vaga nostalgia de un privilegio que he perdido hace mucho: el poder entregarme despreocupadamente a la lectura de un solo libro por vez. Desde hace años, la lectura es para mí una actividad múltiple y simultáneamente diversificada, una suerte de adulterio o poligamia forzosa que me lleva a convivir al mismo tiempo con libros que debo frecuentar por motivos de trabajo y con otros que leo y releo por puro placer. En estos días, sin ir más lejos, comparten mi mesa de luz, por motivos profesionales, las memorables Lecciones de literatura rusa de Vladimir Nabokov, recientemente reeditadas; Todo es silencio, una muy interesante novela del español Manuel Rivas; y El crepúsculo de un ídolo, la controvertida revisión de la vida y la obra de Freud a cargo de Michel Onfray. Y, por puro placer, los Cuentos completos de Katherine Ann Porter, auténtica maestra del género a quien debía una relectura; Imágenes de una novela, volumen que reúne algunas piezas teatrales de Luis Cano, uno de los dramaturgos argentinos más inteligentes y originales de la actualidad; Contraluz, una novela sustanciosa, genial y de largo aliento, como es habitual en él, de Thomas Pynchon, a la que sólo ahora puedo ir hincándole el diente; y una reedición de Sudeste de Haroldo Conti, el más reciente libro que he comprado, para releerlo y regalarlo a alguien que quiero mucho, y compartir con esa persona el placer de haber leído una de las grandes novelas argentinas.

Leer es una forma particular, virtual, de escribir, en nuestra conciencia, los libros que otros soñaron, como el intérprete que, al ejecutar una partitura, confiere auténtica existencia a la música concebida por el compositor y que, hasta ese momento, se encontraba en una suerte de estado de latencia. Lo que llamamos escribir tal vez no sea otra cosa que el reverso de esa experiencia. Escribimos, quizá, para instalar en el mundo aquellas historias, versos, ideas y ritmos que no encontramos ya escritos en ningún libro ya existente. Y, de ese modo, ampliamos el círculo que algunos llaman tradición y yo prefiero, aquí, por un momento, imaginar como una conversación a través de los siglos.
Por eso mismo, creo que no volvería a reescribir un texto mío. Uno continúa escribiendo nuevos libros precisamente por esa suerte de efecto de fuga hacia adelante que supone siempre la escritura. O, como suele decir César Aira, “para corregir los errores cometidos en los libros anteriores”. Me gustaría, eso sí, volver a sentir la plenitud, la mezcla de convicción y vértigo que me envolvía, o me acompañaba, mientras escribía El velador.

Biografía del autor


Guillermo Saavedra (Buenos Aires, 1960) es un poeta, editor y crítico de extensa y reconocida trayectoria.
Se ha desempeñado como editor responsable en la casas Aguilar-Altea-Taurus-Alfaguara, Manantial, Tusquets, Atril y Losada. Y, como periodista cultural, ha sido uno de los directores de la recordada revista Babel, editor de los suplementos culturales de La Razón, Clarín y La Nación, director de las publicaciones del Teatro Colón y corresponsal del suplemento cultural de El País de Montevideo,
Ha publicado los libros de poesía Caracol (1989), Alrededor de una jaula. Tentativas sobre Cage (1995), El velador (1998), La voz inútil (2003) y Del tomate (2010), los libros de poesía para niños Pancitas argentinas (2000) y Cenicienta no escarmienta (2003), una recopilación de algunas de sus entrevistas con narradores argentinos: La curiosidad impertinente (1993) y numerosas antologías, entre las que se destacan: Cuentos de historia argentina (1998), Cuentos escogidos de Andrés Rivera (2000), La pena del aire (poemas de Ricardo H. Molinari, 2000) y El placer rebelde (antología de la obra narrativa de Luisa Valenzuela, 2003). Su poesía ha sido traducida al alemán, inglés, portugués e italiano e integra numerosas antologías publicadas en la Argentina y el extranjero. Ha recibido, entre otras distinciones, la beca de la John Simon Memorial Guggenheim Foundation en el rubro poesía.
Fondo de Cultura Económica publicó recientemente La casa encontrada, poesía reunida de Roberto Raschella, con prólogo de Guillermo Saavedra.
Actualmente, se desempeña como director de publicaciones del Complejo Teatral de Buenos Aires y es el director de la revista de cultura Las ranas.

lunes, 8 de noviembre de 2010

¿Qué leen los autores? Valentín Trujillo / Periodista y escritor


Elegir diez libros para mi biblioteca ideal es una difícil decisión pero por el corazón, elegiría los siguientes: Meridiano de Sangre de Cormac MvCarthy; Moby Dick de Herman Melville; La vorágine de José Eustacio Rivera; Tierra y tiempo de Juan José Morosoli; Destino: la morgue de James Ellroy; Mientras escribo de Stephen King; Desciende Moisés de William Faulkner; Ulysses de James Joyce; La conquista de México de Hugh Thomas y Judíos, moros y cristianos de Camilo José Cela.

Muchos de éstos libros marcaron mi trayectoria como escritor, pero también mil otros más. Hay un librito de Hemingway, Un verano peligroso, que cuenta el duelo entre los toreros Ordóñez y Dominguín en el verano de 1959 en España, que considero fundamental. También leer muy chico Crónicas marcianas, de Ray Bradbury regalo de mi viejo en la librería Papacito de Punta del Este.

Actualmente estoy leyendo una especie de híbrido entre la autobiografía, la ficción, el ensayo y la crónica periodística. Se llama Historia de un escritor y su autor es el genial Gay Talese. Además, sobre mi movediza mesa de luz se superponen Mitologías de Roland Barthes, una biografía ficcionada de Giuseppe Garibladi y Sonetos a Orfeo de Rainer María Rilke. Y leer (y releer) textos de Tom Wolfe que me tiraron de cabeza hacia el mundo del periodismo.
El último libro que me compré fue La conquista divina de Michoacán de Jean-Marie Le Clezió. Me lo compré en la tienda del Palacio Nacional de Ciudad de México, hace una semana. Le Clezió viajó por buena parte del mundo, desde los desiertos africanos a las selvas panameñas, pero parece que quedó fascinado por ésta leyenda de esa región de México.
No volvería a leer lo que ya he leído de Mario Benedetti, por ejemplo.
El único libro que publiqué a la fecha es la colección de seis cuentos Jaula de costillas. Cada tanto, por deporte, lo releo y quisiera hacerle mil cambios a distintas partes de las historias. Pero, por suerte o no, ya quedaron fijados en la página.


Biografía del Autor

Valentín Trujillo nació en Maldonado, República Oriental del Uruguay, en 1979.
Por su libro de cuentos Jaula de costillas (Banda Oriental, 2007) ganó el Gran Premio del XIV Premio Nacional de Narrativa, Narradores de la Banda Oriental, 2006. Fundó y codirigió con Damián González Bertolino la revista Iscariote (2003-2007). Es profesor de Idioma Español y de Literatura. Ha cursado también estudios de periodismo en la Universidad Católica de Montevideo, así como de cine en la Escuela de Cine del Uruguay. Ha trabajado en una librería, en un vivero, en una estación de servicio y en un aeropuerto. Desde 2005 se desempeña como periodista del diario El Observador, de Montevideo, destacándose especialmente en la redacción de crónicas. Actualmente está trabajando en una novela de larga extensión ambientada en el siglo XIX. Alterna su residencia entre Montevideo y Punta del Este.
En abril de 2010 presentó su libro en la charla “Encuentro a dos orillas” en la Boutique del libro de San Isidro.

"Un realismo sólido y tradicional en el mejor sentido posible de la expresión" (Rómulo Cosse)

domingo, 1 de agosto de 2010

¿Qué leen los autores? Claudia Piñeiro/ Escritora













El último libro que compré es La vida en sordina de David Lodge. Es uno de mis autores preferidos. Me emociona el humor e inteligencia con los que escribe.

Actualmente estoy leyendo San Genet, comediante y mártir, de Jean Paul Sartre. Lo empecé a leer porque creo que habla de cosas que me van a servir para la composición de un personaje de la novela que estoy escribiendo, pero su lectura excede ese primer objetivo. Me toma por completo. El libro nació como un prólogo a la obra completa de Jean Genet que le pidieron a Sartre y terminó convirtiéndose en un libro más extenso que la obra completa de Genet. Jean Genet, después de leerlo, se recluyó cinco años sin poder escribir. Dijo que sintió que lo habían desnudado en público, y quizás tuviera razón. Pero el libro es un tratado acerca de las marcas que quedan para siempre en nosotros desde la primera infancia, y de la posibilidad o no de hacer otra cosa con ellas.

Si tuviera que elegir diez libros para componer una biblioteca ideal, los separaría entre libros de amigos que al escucharlos suenen como sus voces, donde incluiría: La loca de la casa de Rosa Montero, El oficinista de Guillermo Saccomanno, y El autor intelectual de Juan Martini. Después, libros que se puedan leer varias, miles de veces sin cansarse: En busca del tiempo perdido, de Proust; 200 años de poesía argentina, que es la última antología poética argentina que publicó Alfaguara; las Obras completas de Shakespeare (en realidad son varios libros, pero se consiguen todos juntos, mi preferida es El rey Lear). Para terminar, libros de mis autores preferidos, escogería entre: Elizabeth Costello o Infancia, de J.M. Coetzee; Buen Trabajo o El mundo es un pañuelo de David Lodge y La traición de Rita Hayworth o El Buenos Aires affaire, de Manuel Puig. El décimo libro que eligiría es Verano de Coetzee, porque es el último, todavía no leí y desespero por hacerlo.

No creo que los textos marquen como escritora sino en general, como persona completa. En mi infancia, el Chico Carlo de Juana de Ibarborou y un poco después Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez. En mi vida adulta, la obra dramática completa de Tennessee Williams, Desgracia de Coetzee, El placer del texto de Barthes, los cuentos de A.Chejov y de E.Hemingway, La geometría del amor de Cheever, Catedral de Carver, y todas las novelas de Manuel Puig.

Es raro que vuelva a leer un libro, sólo lo hago en busca de algo en particular. Tengo tantos libros que quiero leer y todavía no leí, que siempre empiezo por esos.

Tampoco releería un libro mío. Pero hay un libro que escribí hace muchos años que no está publicado pero fue finalista del concurso de literatura erótica de Tusquet "La sonrisa vertical", y que siempre me prometo algún día volver a leer y escribir. Sin embargo aún no me llega el día, ¡tengo miedo de que esté muy mal escrito! Es lo primero que escribí.

Con respecto a los guiones de mis libros, preferiría no hacerlo, como dice Bartleby de Melville. Es como contar la misma historia otra vez, y siempre tengo una nueva para contar. Por otra parte hay quien hace eso muy bien. Me gustó mucho como quedó el guión y la película de Las viudas de los jueves. El hecho de ser guionista y dramaturga me permite acercarme a una película basada en un texto mío con mucha distancia, con ganas de ver qué hizo el director con ese texto, nunca busco si es o no como la novela sino la lectura propia de ese artista (el director) y de quienes trabajan con él: guionista, actores, etc. Me gusta que me sorprendan y que le agreguen valor artístico a algo que fue apenas un embrión.


Biografìa de la autora

Claudia Piñeiro nació en el Gran Buenos Aires en 1960. Es escritora, guionista de TV y colaboradora de distintos medios gráficos. Su obra literaria, teatral y periodística ha obtenido diversos premios nacionales e internacionales. Ha publicado los relatos para chicos Un ladrón entre nosotros (2005), Premio Iberoamericano Fundalectura-Norma 2005 de Colombia, y Serafín, el escritor y la bruja (2000), que fue traducido a varias lenguas. Su obra de teatro Cuánto vale una heladera fue estrenada en el marco del ciclo Teatro por la Identidad 2004 y publicada por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología. Su drama Un mismo árbol verde ha sido candidato a los premios Florencio Sánchez y María Guerrero, y ganó el premio ACE 2007. Es autora también de las novelas Tuya (2005), Las viudas de los jueves, que recibió el Premio Clarín de Novela 2005 otorgado por un jurado compuesto por José Saramago, Rosa Montero y Eduardo Belgrano Rawson, Elena sabe (2007), Las grietas de Jara (Alfaguara, 2009) y El fantasma de las invasiones inglesas (Norma, 2010). Algunas de sus obras han sido traducidas a otros idiomas y han sido leídas por cientos de miles de personas en distintas partes del mundo. Las grietas de Jara será llevada al cine por la misma productora que hizo recientemente Las Viudas de los jueves.
 
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