domingo, 29 de abril de 2012

Ana Casset: Historias de 25 minutos


Tiempo en Nada

Los segundos pasan, pequeños, por medio de grandes agujas, imperceptibles y eternos, amontonándose de a muchos en  minutos.

Los minutos transitan a medio camino entre mucho y poco, entre la mirada, preludio de un beso, confirmación que todo lo no dicho está ahí y la congoja del ultimo tren partiendo. Se apelotonan en rincones iluminados y se dejan contar con largas agujas.

Las horas discurren o se sientan a esperar, ellas  prefieren espacios aireados donde poder ventilarse y dejar de existir en paz, mientras sus hermanas entran al mismo cuarto para desaparecer.

En el tiempo que se va y que está, el que viene, en las mínimas eternidades cotidianas, hay una que resuena sorda en el mundo, que es una hora en particular, con todos sus segundos  y  minutos, entera, ahí para tomarla de la mano y disfrutarla.

Esta hora se escabulle a los rincones y mientras nos esperamos muestra espejos que replican imágenes soñadas. Cuando es el turno de ella, la realidad se hace presente y sólo nos queda el hedor de frituras, comidas al paso, pesadez, presura y la mentira de saber que hay horas cortas, casi como segundos. 



Obviedad 
Le teme a la ceguera, la locura y la muerte; así anda, no viendo lo obvio, perdiendo la cordura en los cordones de las veredas y deshaciéndose en estelas de humo con cada brisa cálida.
Se pierde en el tiempo, en las miradas ajenas, en los paisajes extraños.
Así solo recuerda un amanecer de luna llena sobre un río amplio una tarde de verano al anochecer.
 Un violeta irreal la atrapa y queda sin miedo levitando, la deglute. 
La devuelve temeraria, con la vista en los pequeños detalles, adicta y vital está en los cabellos.
Gasta el tiempo, los ojos, las venas.
Ya no recuerda quién es, qué hace, qué piensa. 
Se mece sola en un amanecer de sol, mientras la luna nueva se acuesta. 

martes, 27 de marzo de 2012

¿Qué leen los autores? Alejandro Manara / Escritor

A los quince años descubrí a Borges y de la mano de él surgió mi interés por los clásicos. Cuando terminé el secundario me fui a Londres y durante varios años fui lector diurno y salía a descubrir el mundo por la noche. Lamento que sea una obviedad tener que admitir mi deslumbramiento, con diferente intensidad, ante Tolstoy, Turguenev, Chejov, Hemingway, Kerouac, Faulkner, S. Fitzgerald, Joyce y Proust. Como además estudiaba letras hispanoamericanas, volví al Quijote y también conocí a los grandes críticos como Auerbach, Praz, Norbert Elias, Steiner y Barthes, pero fue la poesía de los modernistas norte-americanos, Stevens, Williams, Cummings y Pound que me impulsó a la escritura y por culpa de Pound terminé más de un año en Tokio.

Los viajes me acercaron a los diarios y a las memorias de escritores: recordando a Borges me acerqué a Boswell, pero al Journal of the Grand Tour, después a Casanova y el Viaje a Italia de Goethe. Proust me presentó las Mémoires de Saint-Simon. En Milán descubrí  los diversos textos autobiográficos de Stendhal, donde prima su apasionamiento por Italia: los prefiero a sus novelas. Cuando circulaba por Lejano Oriente le encontré sentido a Ways of Escape y A Sort of Life de Graham Greene. Mas recientemente transité: The Japan Journals: 1947–2004 de Donald Richie y los diarios de Robert Musil.

Es curioso porque en el fondo siento que mis intereses no han cambiado mucho, sino lo que puede haber cambiado es el ángulo desde donde miro las obras que adoro. Por una novela que escribía recientemente releí episodios de batallas de Guerra y Paz para entender el alma de un hombre sometido a los disgustos de un conflicto bélico.

De la misma forma que uno se puede hacer amigos nuevos después de los 40s, también aparecen textos cautivantes: The sea de John Banville, la trilogía de Agota Kristof. The Last Samurai de Helen DeWitt, los ensayos sobre escribir biografía de Richard Holmes,
y luego The Fly-Truffler de Gustav Sobin y The Lady and the Monk de Pico Iyer.

Para la isla desierta llevaría Austerlitz de Sebald, el capítulo de la biblioteca del Ulises de Joyce, el capítulo de Madame du Chastel de Mimesis de Auerbach, los Diarios de Kafka, Le temps retrouvé de Proust, Quer pasticciaccio di via Merulana de C.E. Gadda, el Journal de Stendhal, El libro de la almohada de Sei Shonagon, Il Gattopardo de Tomasi di Lampedusa, Everything That Rises Must Converge de Flannery O'Connor, cuentos de I.B. Singer, Tales of the Hasidim de Martin Buber, Curso de Literatura Europea de Nabokov, cuentos de Isaac Babel y de Damon Runyon y Madame Bovary de Flaubert.



Biblioteca portátil

Humo, Primer Amor y Suelo Virgen de Turgueniev
En la carretera de Kerouac
Los mejores cuentos de F. Scott Fitzgerald
Dublineses y Ulises de James Joyce

Mimesis de Erich Auerbach
Después de Babel y Extraterritorial de George Steiner

Personae de Ezra Pound
Antología bilingüe de William Carlos Williams
Poemas de E.E.Cummings

Vida de Samuel Johnson de James Boswell
Viaje a Italia de J.W. Goethe
Una especie de vida y Vías de escape de Graham Greene

El mar de John Banville
Claus y Lucas de Agota Kristof
El séptimo samurai de Helen Dewitt

El zafarrancho aquel de Via Merulana de Carlo Emilio Gadda
Cuentos completos de Flannery O'Connor
Un amigo de Kafka y otros relatos y Cuentos de Isaac Bashevis Singer
Cuentos Hasídicos de Martin Buber
Caballería Roja de Isaac Babel



Biografía

Nació en Buenos Aires. Cursó estudios literarios en el King’s College, de la Universidad de Londres en donde obtuvo una licenciatura (1976). Entre 1978 y 1984, vivió en Tokio, Barcelona, Palma de Mallorca, Milán y Paris. En París lo contrató un banco que lo mandó a Buenos Aires, pero a los 22 meses abandonó para abrir Cook & Bardelli, un bistró de comida casera, cuando Buenos Aires era casi un páramo gastronómico. En aquella época colaboró con el Cronista Cultural. En 1993 ingresó al Literature Program de Duke University, que Fredric Jameson dirigía. Su tesis doctoral se ocupa de los relatos autobiográficos de los cubanos norteamericanos. En Duke enseñó una variedad de cursos de literatura y cine. Desde 2001, otra vez en Buenos Aires, da clases de literatura para extranjeros en la U. de Belgrano y en la U. T. Di Tella y se dedica a escribir ficción y traducir del inglés y del italiano, entre otros, los ensayos de Leonardo Sciascia  dedicados a Stendhal y la correspondencia de R.L. Stevenson y Henry James y la de Svevo con Joyce. Es el autor de Pasión de Fondo (Mondadori, Buenos Aires, 2006) Bebiendo Tristes, Bailando Graves  (Juan Pablos Editor, México, 1998) y Tigre Hotel (Planeta, Buenos Aires, 1993).

viernes, 3 de febrero de 2012

Nuestro lectores escriben cuentos


Una nueva lectora/ escritora nos ha enviado su maravilloso trabajo.
En ésta oportunidad se trata  de Irene Fassi, una muy joven  abuela que, según sus propias palabras es:   una lectora empedernida  y una escritora empecinada.  
Le gusta mucho escribir cuentos cortos, ultracortos y microcuentos ¡Y le sale muy bien!
Agradecemos su  fantástico aporte a nuestro blog y esperamos que siga siendo igual de empecinada en su relación con la literatura.


Reiteramos nuestro contacto para aquellos que deseen enviarnos su material
chwojnikd@hotmail.com
Motivo: Nuestro lectores escriben cuentos

Cuatro cuentos, por Irene Fassi


Sudestada

Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared, la pintura “Sudestada en el puerto de Buenos Aires”, deambuló por varias habitaciones de la casa.  La madera tarugada del comedor se manchó y hubo que laquearla. La pared de la sala se llenó de horrorosos hongos negros. El techo del dormitorio de mis padres comenzó a descascararse dos meses después de colgarla en la pared frente a la cabecera de la cama. Mamá amenazó con tirarla y el abuelo la guardó en el sótano, hasta que amaneció inundado.  Ahora cuelga nuevamente en el comedor, pero, los barcos están en  dársena seca. Mi hermano mayor se ocupó de vaciarla.

Desencuentro

La cena se enfriaba en la mesa. A las diez levantó los platos y tiró la comida. A las once apagó las luces y cerró las ventanas. A las doce se tomó el frasco de tranquilizantes completo y se acostó vestida en la cama matrimonial. A las doce y media entraba en la inconsciencia, lentamente. A la una la contestadora del teléfono registró el siguiente mensaje, que ya no escucharía “Llamamos del hospital  para avisar que el señor  José Aguirre ingresó a quirófano  por un accidente en la vía pública, pero se encuentra fuera de peligro”

La pesca

Papá solía morirse dos veces al día. Al amanecer, cuando percibía la suave brisa que se levantaba desde la orilla trayendo el aroma del mar. Y en la hora de regreso de los pesqueros, cuando el viento le alcanzaba las voces de los pescadores entonando las canciones que él también cantaba antes de perder el brazo derecho.


Atracción fatal

¡Pam! ¡Pam! El sonido, repetido, provenía de la planta superior y ella lo escuchaba desde hacía rato. Por fin se decidió, subió y golpeó la puerta del departamento. Nadie abrió. El ruido continuaba, ahora más fuerte. Empujó la puerta y entró. Una ventana batía contra el marco a impulsos del viento. Se asomó y una fuerza imperiosa la empujó hacia afuera. Voló y desapareció en el horizonte.
¡Pam! ¡Pam! El inquilino del octavo piso escuchó el sonido y decidió bajar a la planta inferior  para ver qué era.
 
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