domingo, 1 de agosto de 2010

¿Qué leen los autores? Claudia Piñeiro/ Escritora













El último libro que compré es La vida en sordina de David Lodge. Es uno de mis autores preferidos. Me emociona el humor e inteligencia con los que escribe.

Actualmente estoy leyendo San Genet, comediante y mártir, de Jean Paul Sartre. Lo empecé a leer porque creo que habla de cosas que me van a servir para la composición de un personaje de la novela que estoy escribiendo, pero su lectura excede ese primer objetivo. Me toma por completo. El libro nació como un prólogo a la obra completa de Jean Genet que le pidieron a Sartre y terminó convirtiéndose en un libro más extenso que la obra completa de Genet. Jean Genet, después de leerlo, se recluyó cinco años sin poder escribir. Dijo que sintió que lo habían desnudado en público, y quizás tuviera razón. Pero el libro es un tratado acerca de las marcas que quedan para siempre en nosotros desde la primera infancia, y de la posibilidad o no de hacer otra cosa con ellas.

Si tuviera que elegir diez libros para componer una biblioteca ideal, los separaría entre libros de amigos que al escucharlos suenen como sus voces, donde incluiría: La loca de la casa de Rosa Montero, El oficinista de Guillermo Saccomanno, y El autor intelectual de Juan Martini. Después, libros que se puedan leer varias, miles de veces sin cansarse: En busca del tiempo perdido, de Proust; 200 años de poesía argentina, que es la última antología poética argentina que publicó Alfaguara; las Obras completas de Shakespeare (en realidad son varios libros, pero se consiguen todos juntos, mi preferida es El rey Lear). Para terminar, libros de mis autores preferidos, escogería entre: Elizabeth Costello o Infancia, de J.M. Coetzee; Buen Trabajo o El mundo es un pañuelo de David Lodge y La traición de Rita Hayworth o El Buenos Aires affaire, de Manuel Puig. El décimo libro que eligiría es Verano de Coetzee, porque es el último, todavía no leí y desespero por hacerlo.

No creo que los textos marquen como escritora sino en general, como persona completa. En mi infancia, el Chico Carlo de Juana de Ibarborou y un poco después Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez. En mi vida adulta, la obra dramática completa de Tennessee Williams, Desgracia de Coetzee, El placer del texto de Barthes, los cuentos de A.Chejov y de E.Hemingway, La geometría del amor de Cheever, Catedral de Carver, y todas las novelas de Manuel Puig.

Es raro que vuelva a leer un libro, sólo lo hago en busca de algo en particular. Tengo tantos libros que quiero leer y todavía no leí, que siempre empiezo por esos.

Tampoco releería un libro mío. Pero hay un libro que escribí hace muchos años que no está publicado pero fue finalista del concurso de literatura erótica de Tusquet "La sonrisa vertical", y que siempre me prometo algún día volver a leer y escribir. Sin embargo aún no me llega el día, ¡tengo miedo de que esté muy mal escrito! Es lo primero que escribí.

Con respecto a los guiones de mis libros, preferiría no hacerlo, como dice Bartleby de Melville. Es como contar la misma historia otra vez, y siempre tengo una nueva para contar. Por otra parte hay quien hace eso muy bien. Me gustó mucho como quedó el guión y la película de Las viudas de los jueves. El hecho de ser guionista y dramaturga me permite acercarme a una película basada en un texto mío con mucha distancia, con ganas de ver qué hizo el director con ese texto, nunca busco si es o no como la novela sino la lectura propia de ese artista (el director) y de quienes trabajan con él: guionista, actores, etc. Me gusta que me sorprendan y que le agreguen valor artístico a algo que fue apenas un embrión.


Biografìa de la autora

Claudia Piñeiro nació en el Gran Buenos Aires en 1960. Es escritora, guionista de TV y colaboradora de distintos medios gráficos. Su obra literaria, teatral y periodística ha obtenido diversos premios nacionales e internacionales. Ha publicado los relatos para chicos Un ladrón entre nosotros (2005), Premio Iberoamericano Fundalectura-Norma 2005 de Colombia, y Serafín, el escritor y la bruja (2000), que fue traducido a varias lenguas. Su obra de teatro Cuánto vale una heladera fue estrenada en el marco del ciclo Teatro por la Identidad 2004 y publicada por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología. Su drama Un mismo árbol verde ha sido candidato a los premios Florencio Sánchez y María Guerrero, y ganó el premio ACE 2007. Es autora también de las novelas Tuya (2005), Las viudas de los jueves, que recibió el Premio Clarín de Novela 2005 otorgado por un jurado compuesto por José Saramago, Rosa Montero y Eduardo Belgrano Rawson, Elena sabe (2007), Las grietas de Jara (Alfaguara, 2009) y El fantasma de las invasiones inglesas (Norma, 2010). Algunas de sus obras han sido traducidas a otros idiomas y han sido leídas por cientos de miles de personas en distintas partes del mundo. Las grietas de Jara será llevada al cine por la misma productora que hizo recientemente Las Viudas de los jueves.

domingo, 25 de julio de 2010

Nuestras reseñas










MEMORIAS EN MONTAJE. Escrituras de la militancia y pensamientos sobre la historia
Alejandra Oberti - Roberto Pittaluga
El cielo por asalto
286 pags.
La memoria es un modo de inscripción de la experiencia humana en el espacio cultural. Una inmensa trama de recuerdos entretejidos que evocando el pretérito determinan con el sesgo de lo ya vivido, nada menos que nuestro porvenir. En definitiva la memoria es un trabajo de construcción: "de puentes, de restitución de lazos quebrados, de reposición de sentido". Precisamente esto es lo que Memorias en montaje propone; indagar en nuestro pasado reciente -y urgente-, situando el proceso dinámico de recordar dentro del campo de la voluntad, no solo en la compleja tarea de escribir el presente, sino en la más compleja aún de darle sentido.
Memorias en montaje no es más que la tentativa de querer dilucidar los modos y los móviles que accionan sobre la arquitectura de esa memoria colectiva acoplada hasta su fundición en la política y en la historia. Porque el pasado son los cimientos en los cuales descansa el presente, pero no un presente impersonal y anodino, sino el presente de la conciencia de los hombres, hombres que en el recuerdo también se preguntan por si mismos dejando entrever -como señala Calveiro- que la memoria es también sinónimo de identidad.
La organización de esta obra de Oberti -sociologa- y Pittaluga -historiador-, a tono con el tópico, esta presentado a modo de tangram: juego chino de infinitos modelos posibles para armar a partir de las mismas pocas piezas geométricas. La intención de los autores no es la de responder sino por el contrario la de interrogar, presentar el desafío comprometiendo al lector a una intervención crítica, a participar activamente en esa construcción de nuestro presente desde el pasado. Está divido en dos secciones. Una primera donde se busca abarcar al mayor conjunto de versiones publicadas -presentadas en libros, cine y diarios- cubriendo el amplio espectro que cabe "entre la ensayística y la testimonialidad". Y una segunda sección, más teórica, que compila seis ensayos donde se analiza lo que sugieren al respecto las obras de Benjamin, Ricoeur, Nietzche y Marx entre otros.
La memoria "es un campo de batalla" y los autores a través de un fértil recorrido en las profundidades del archivo pretenden inquirirlo hacia una suerte de genealogía del conflicto a la postre de desnudar los vínculos entre la conformación de los discursos y la reproducción del poder. Un libro que al calor de la copiosa literatura socio-política que pretende examinar aquello denominado setentismo -que no es más que la verbalización como apéndice de la lucha de clases- sirve sino como hoja de ruta para un estudio más consciente y exhaustivo de la memoria, sí como un faro sereno en el enturbiado océano de la descontextualización y el oscurantismo tan en boga.
Manuel Pintos
Boutique del libro Unicenter

viernes, 23 de abril de 2010

El Día Internacional del Libro cumple 15 años


Desde 1995, la UNESCO conmemora el 23 de abril como el Día Internacional del Libro y los Derechos de Autor. Se eligió este día porque coincide con la muerte de los dos grandes de la literatura universal Miguel de Cervantes Saavedra (español) y William Shakespeare (inglés).

Esta celebración, que se realiza en todo el mundo, tiene el objetivo de fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor.

Una de las intenciones es reconocer la importancia del libro y la lectura en las sociedades, defender los derechos de los escritores y desarrollar trabajos y estrategias para dar un lugar digno al libro y que esté al alcance de toda la gente.

Desde el 2001 se declara una ciudad como "La Capital mundial del Libro" destacada por sus proyectos y propuestas de fomento a la lectura. Este año es Ljubljana, Eslovenia.

En Uruguay no habrá actos conmemorativos ya que aquí el Día del Libro es el 26 de mayo, fecha en que se conmemora la inauguración en 1816 de la Biblioteca Nacional.

sábado, 3 de abril de 2010

¿Qué leen los editores? Mariano Valerio / Grupo Planeta



Creo que mi relación con los libros la mantengo desde que tengo memoria. Lo primero que recuerdo es sostener un libro entre las manos en silencio y mirar cada una de las páginas por unos minutos. Todavía no sabía leer, me moría de ganas, y creía que en ese gesto que les copiaba a los mayores estaba leyendo. Ya de más grande me inicié con la colección Robin Hood (la clásica, la amarilla) que estaba en la casa de mis abuelos. Pasaba tardes enteras en la habitación en la que estaba la biblioteca, leyendo aventuras y clásicos adaptados (versiones que en algún momento me gustaría volver a mirar, para ver realmente qué fue lo que leí). También me acuerdo que en casa, mis papás estaban suscriptos al Círculo de Lectores, una especie de “Avón” de los libros que entregaba a domicilio lo que uno elegía de una revista mensual de novedades. Ahí también me moría de ganas. Hasta que una vez dejaron que eligiera y me decidí por El libro de la selva, de Kipiling. Ese fue mi primer libro. Después llegaron las típicas lecturas adolescentes y las “comprometidas”: Juan Salvador Gaviota, El principito, Las venas abiertas de América Latina, La metamorfosis, Crimen y castigo, El túnel, El diario del Che en Bolivia, etc., etc., son algunas de las que más recuerdo –todo bien mezclado, como tiene que ser a esa edad. Pero la cosa realmente cambia cuando conozco y trabo amistad con un grupo de libreros del barrio. En la Boutique del libro de San Isidro, Fernando Pérez Morales me pasa otro tipo de lecturas. Todo arranca con Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes, de Thomas de Quincey. De inmediato entendí la diferencia entre libros y literatura. El libro como un objeto, la literatura como una forma de entender el mundo (de leerlo). Entonces comencé a estudiar Artes y Letras en la Universidad de Buenos Aires, y a trabajar como librero en la misma Boutique. Y viéndolo ahora, en retrospectiva, puedo entender que en mi formación como librero (que fue mi primer contacto “profesional” con el libro), ya se perfilaba cierta idea de entender la edición, o, por lo menos, lo que yo entiendo como figura de editor: un monstruo de dos cabezas que piensa a la vez en términos de libros y de literatura. Básicamente, un esquizofrénico que debe tener en cuenta gustos, pasiones y números (cabeza y corazón, como quien dice). Y todo eso, que hoy conforma lo básico de mi día a día laboral, lo entendí primero como librero. Después llegaron la crítica en medios gráficos (durante casi siete años dirigiendo Los Inrockuptibles), un breve paso por la docencia y, finalmente, mi actual trabajo como editor en el Grupo Planeta, al que fui convocado por el enorme voto de confianza que puso en mí (que no estaba relacionado para nada con el “mundillo” editorial) Ignacio Iraola, director del sello.
Mi primer contacto con la edición fue bastante particular. Arranqué ayudando a algunos amigos que escribían: metía mano y aconsejaba desde la más pura intuición en libros que me gustaban, nada más. Es decir, que no hubo un “primer” libro editado. De esa época, los que más me acuerdo son Tabla periódica, de Carolina Jobbagy, Aún, de Mariano Dupont y Folc, de Diego Caggiano. Ya para Planeta, fue muy bueno poder trabajar con escritores que siempre me gustaron, como Federico Jeanmaire (fue todo un momento cuando trabajamos en la reedición de Desatando casi los nudos, su primera novela que había publicado a fines de los 80), María Negroni, Paula Pérez Alonso y Juan José Becerra. Todo esto entendiendo la edición en términos de trabajo textual, es decir, en ese contacto directo con los originales de los autores y con su escritura. Porque en un nivel en el que la edición pasa por términos más comerciales, el primer libro del que me siento enteramente responsable como editor es, curiosamente, uno de cocina: Comer y pasarla bien, de Narda Lepes. Fue el primer libro que sumé como idea, desarrollé y seguí en su dinámica comercial en las librerías. Por suerte, fue una muy buena experiencia, en todo sentido.
¿Cuál es el rol del editor? En mi corta experiencia de lleno en el mercado (hace tres años que trabajo para Planeta), llego a entender que el editor debe ser, ante todo, alguien criterioso. Por un lado, en el trabajo sobre los textos, la idea es optimizar el libro con el que trabaja respetando siempre –pero siempre– la idea del autor. Se puede sugerir, se puede proponer, pero nunca el trabajo del editor debe entrar en roces con el del escritor. Hay que acompañar, nada más –y nada menos– y en ese sentido, el modelo de editor que más me entusiasma, y que tomo como referencia, es el de la “vieja guardia” –que cada vez se ve menos. Tipos como Alberto Díaz, por ejemplo, con quien trabajo, son verdaderos maestros de lo que debe ser un editor. Hay una frase que alguna vez dijo un autor, que resuena mucho en la editorial, y que me parece que resume todo esto de manera bastante clara: “Para ustedes es un libro más, para mí es ‘mi’ libro”. Esa es la ecuación editorial entre autor y editor. Es así, no hay dudas. Por otro lado, está todo lo que hoy en día se denomina –de manera bastante ocurrente, por cierto– “ingeniería editorial”, y que tiene que ver más con el desarrollo de proyectos especiales y comerciales en los que no hay tanto trabajo con un autor y su obra. Ahí me parece que es importante que el editor esté atento a tendencias generales que van más allá de la industria editorial y que se pueden condensar en formato libro. Porque en esta clave, el libro ya suena más como soporte –como objeto– de propuestas bien disímiles que no tienen que ver (la mayoría de las veces) con la literatura. Pero, sinceramente, creo que con ese trabajo de “ingeniería” se pueden planificar o proyectar libros de un éxito de ventas relativo o medianamente satisfactorio. El gran best seller, “ese” libro que vende ciento de miles de ejemplares, está más ligado a una cuestión de suerte, y hasta me atrevería a decir que de casualidades. Ese tipo de libros creo que son bombas que le explotan al editor en donde menos se las espera.
De lo que se viene con respecto a mi trabajo, y que en parte puede ser considerado como proyecto editorial, me entusiasma una serie de cuentistas (no es una antología, sino que cada uno de ellos sale con su libro) que estamos sacando entre este año y 2010. Son escritores que realmente me gustan: Mariana Enriquez, Oliverio Coelho, Samanta Schweblin y Federico Falco. También vamos a publicar a Gustavo Ferreyra con una novela, Piquito de oro, y a Laura Ramos con un libro bastante particular: Historias de chicas, una suerte de semblanzas de mujeres que ponen en juego el tema del género desde lugares bien distintos.
Mis lecturas actuales. Debo decir que son los libros que están sobre mi mesa de luz y los que cargo en mi cartera, los que leo en mi tiempo libre. En ese sentido, por estos días me rodean El mar, de John Banville (hacía rato que no leía una novela con una carga poética tan fuerte); Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson; Senior Service, una muy buena biografía de Giangiacomo Feltrinelli editada hace unos cuantos años por Tusquets; Escuchar a los muertos con los ojos, de Roger Chartier, una historia de “lo escrito” en la cultura moderna, y Tokio Blues, de Haruki Murakami. Por otro lado, algunos libros locales me dieron muchas satisfacciones en el último año: Ida, de Oliverio Coelho, Las anfibias, de Flavia Costa (tan intenso, tan personal y tan “nuevo”), Frío en Alaska, de Matías Capelli (un muy lindo debut), la biografía de Osvaldo Lamborghini escrita por Ricardo Strafacce y publicada por editorial Mansalva y La intemperie, de Gabriela Massuh. De los escritores que no había leído nunca, y que descubrí no hace mucho, los que más me gustaron fueron, curiosamente, dos alemanes: Georg Buchner (1813-1837) con Lenz, un texto bien decimonónico que es considerado por la historia de la psiquiatría como la primera descripción exacta de la esquizofrenia, y Max Frisch (1911-1991). De él me atrevo a recomendar dos novelas: Homo Faber y Montauk. También tengo siempre a mano mis libros fetiches, esos a los que vuelvo todo el tiempo: Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes (en realidad, todo Barthes) y Semblanza, la compilación de textos de Alejandra Pizarnik hecha por el Fondo de Cultura Económico son dos “oráculos” de consulta permanente. Facundo, de Sarmiento. Siempre algún Burroughs, algún Thomas Mann (La montaña mágica, mejor). Mil mesetas, de Deleuze y Guattari, Ensayos sobre las visiones de fantasmas, de Schopenhauer, Saturno y la melancolía, de Erwin Panofsky y Raymond Klibanski. Y siempre, pero siempre, algún Saer: Nadie nada nunca, uno de mis libros más queridos. Y también, la biblia de la cultura rock: Rastros de carmín, de Greil Marcus, un ensayo que rastrea y conecta los orígenes del punk con el situasionismo de Guy Debord, publicado por Anagrama.
MARIANO VALERIO nació en Buenos Aires, en 1970. Estudió Artes y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como librero entre 1993 y 1999. Dirige Los Inrockuptibles, la versión argentina del semanario francés desde el año 2000, y colaboró como crítico de música y libros en diversos medios locales y extranjeros. Desde 2006 es editor del Grupo Planeta para los sellos Planeta, Emecé y Seix Barral.

lunes, 29 de junio de 2009

¿Qué leen los libreros? Marcelo Bernstein / Librería Paidos



Mis comienzos en el mundo del libro fueron en 1978 en Librería Paidos; especializada en psicología, psicoanálisis y educación. Los primeros años transcurrieron en este oficio recomendando novedades psi y haciendo búsquedas de lo más complejas para redacción de tesis, presentación de casos clínicos y argumentación de papers académicos. Una aclaración: dentro del “ser librero”, el librero especializado es uno muy peculiar; es, prácticamente, un colega profesional del cliente en lugar de un vendedor de libros.
Recién en el año 1999, la librería se expande con la incorporación de la Librería Paidos del Fondo, donde además de la especialidad tradicional de la librería pasamos a tener una oferta de libros generales. Con esta anexión, se abre para mí el mundo de la librería general: es decir, la actividad de un librero en toda su dimensión.

Aquí me gustaría detenerme un instante sobre la definición del librero como aquel que recomienda libros a sus clientes. Sin duda, esto es un reduccionismo: las labores son muchas y muy complejas. Pero la esencia del oficio del librero es venderle al comprador el libro que el cliente satisfecho compra. Obviamente este cuento se completa con que previamente el librero debe haber comprado el libro a la editorial, debe haberse asegurado stock, etc., etc., etc., etc. Pero opino que lo que un cliente espera encontrar en la librería a la que va a comprar, es a ese librero, no a otro tipo de vendedor. A veces la situación se complica, ya que resulta que el cliente al que estamos atendiendo tiene gustos muy diferente a los de uno, y nos vamos dando cuenta en nuestras primeras sugerencias y preguntas para orientarnos en la selección y recomendación, que no nos gusta leer lo mismo. Por suerte, en la librería somos varios y para el gusto de ese cliente quizás haya algún otro librero que resulte mejor que uno para esta oportunidad.

De lo que he leído últimamente, que como verán no son sólo novedades, me gustaría recomendar algunos títulos. Henning Mankell es un autor de novelas policiales que me encanta. Y tiene, además, una vida muy particular. El Chino es un largo policial donde no aparece su clásico inspector, sino que incorpora una figura femenina que por casualidad queda involucrada en la trama. Fiel al estilo Mankell, paralelamente al género policial, relata interesantísimas historias sobre inmigración de chinos en USA y nos narra problemáticas de la China después de Mao.
También de Henning Mankell me encantó Zapatos italianos que no es policial, sino una historia de vida. La prosa de este relato me resultó atrapante. ¡Qué lindo que es leer un libro tan bien escrito! El argumento del libro es básicamente triste, de historias de vida muy solitarias, pero muy bien contadas. Vale la pena. Los dos títulos son editados por Tusquets.

Me gustó mucho Cineclub de David Gilmour, editado por Mondadori Sudamericana. Quizás, como tantas veces ocurre -a favor o en contra del placer de leer-, es un libro justo en el momento oportuno… Esto es lo que me pasó a mi con el texto. Es la relación de un padre con su hijo adolescente, con quien comparte horas y horas viendo películas. Cómo es esa relación, qué dudas y qué certezas se tienen de cómo educar a un hijo, qué es lo que se debe y qué lo que se puede: éstas son las preguntas que me planteaba el texto a medida que avanzaba.
Además, estoy leyendo, y lo recomiendo fuertemente, el libro de cuentos de Elsa Osorio que acaba de publicar Planeta Callejón con salida . Es una selección de cuentos de años atrás y otros relatos más recientes. Son cuentos básicamente muy bien escritos, historias duras algunas con toques de humor.

Por último, a raíz de la película, volví a leer El lector de Bernhard Shlink que editó Anagrama, hace ya unos cuantos años. Me gustó más esta segunda lectura, pese a perder el efecto de la sorpresa al conocer la historia. Encontré en la relectura el placer de leer tranquilo, con calma, en detalle, que no tuve en la primera que tanto me atrapó. Lo leí de un tirón esperando ansiosamente el desenlace. Recomiendo a quienes no la leyeron, que lo hagan: es una historia breve pero con muchísimos condimentos que lo hacen un gran libro. Y para quienes ya lo leyeron, quizás con la segunda lectura encuentren lo mismo que descubrí yo.
 
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